Por una aproximación hacia las tecnologías de la “mala suerte”

 

Conocí a M porque me preguntó si era mío el carro que estaba afuera de su casa, no era mi carro, pero sí somos vecinos, y nos caímos bien. Bien como para aguantar tranquilamente una sesión de siete horas de tatuaje en la axila. Desde que concebí la idea de una telaraña gótica saliendo bajo mi bicep, desde la axila, no me pude resistir. Y M tatúa. 

De eso ya hace un mes. En esos días -todavía ahora, aunque de forma más familiar- recorría la realidad como un sueño. El dolor de la tinta entrando en mi dermis es un sueño del que no puedo despertar; un sueño doloroso que deja como recuerdo un tatuaje. 

Se llegaban a caer objetos durante la sesión, como si poltergeist invisibles atentaran contra el bote de tinta, el regulador de la máquina, el stencil, o cualquier material necesario. Le dije que me parecía sorprendente la cantidad de veces que cayeron objetos durante la noche, y me dijo resignadamente que así era ella, que era torpeza propia. 

Su respuesta me dejó inconforme, porque no era del orden de la impresión que había percibido al ver caer todos esos objetos. La familiaridad de percibir la suma de objetos caídos de inmediato me recordó la cantidad de veces que llegué a tener una resistencia para calentar agua y de manera inexplicable, antes de usarla por primera vez, se inmolaba frente a mis ojos hasta desaparecer, incapaz de brindarme el gusto de bañarme con un poco de agua caliente. Esos tiempos se han extendido, ahora no dependo de la calefacción y me ducho con agua fría incluso ahora que es invierno.

Llegué a tener al menos seis calentadores seguidos, en menos de tres semanas, durante el invierno. En esos días dejaba siempre una llave de agua ligeramente abierta para que no explotaran las tuberías. Saturaba mi cuerpo de lagartijas y calistenia casera hasta que los músculos bombeados se hicieran inmunes al agua helada, y entonces me bañaba. La primera vez que compré el calentador mi gato Botas lo sacó del agua y se desintegró apenas tocó el piso. La segunda ocasión, lo conecté antes de introducirlo y se desvaneció de entre mis dedos. En la tercera, un murciélago entró por mi ventana y pisé la resistencia intentando matarlo: era nueva, todavía estaba en su empaque. Y así, seis historias tristes, a tal grado que percibo que si voy a comprar una resistencia para calentar agua, es porque quiero que se disuelva. Y creo que usar la disolución asegurada de resistencias como un portal puede conjurar cosas de las que valdría la pena tomar nota..

El pensamiento es obsoleto frente a la mirada que escucha. 🚬🚬

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