No decimos lógica de las pasiones, pues de lo que hablamos no comparte las propiedades del mundo de la lógica más allá del lenguaje como plataforma descriptiva. Ni hablar de crítica.
Dejamos de considerar al cuerpo envuelto en el gran discurso y llamarlo ser para volver a lo mínimo. Al adentro. A donde el tiempo existe solo como pulsión de vida inminente a través de la circulación, certeza innegable del propio cuerpo, su respiración, su pulso, su estar.
¿Para qué querríamos la verdad cuando lo que podemos hacer es alterar la realidad desde lo mínimo?
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El ser humano contemporáneo es totalmente somático. Responde a estímulos. En la mayoría de los casos, podríamos decir, se encuentra anclado a ellos. Los recuerdos, más que los sucesos, son pedacitos de ficción en los que nos volvemos a sumergir cada que habitamos esa memoria. Son intervenibles. Nietzsche propone la perspectiva del niño para afrontarlos. Panero, la locura. Yo, la imbecilidad. Producirla, dejarla que rebase y vuele por sobre todo lo que existe, como una espora anterior al lenguaje. Una imbecilidad predatoria de imbecilidades estériles: la síntesis última de todas las imbecilidades. En la vida y en los sueños lanzarte contra los miedos te hace despertar.
El hilo compartido que entrelaza sueño y realidad es donde edificaremos nuestra torre, y una vez adentro patearemos la escalera.
