La democratización del acceso a la lectura hoy en día es algo que me preocupa brutalmente. Vendría bien articular dispositivos que faciliten el acceso a los textos de acuerdo a los términos materiales. El libro no es realista en términos del presente. Es inaccesible. Desafortunadamente obsoletizado, así de feo como suena. Obsoletizado.
Suponiendo que la mayoría de los lectores ideales tienen a su disposición el propio cuerpo como herramienta, el cuerpo ideal de hoy en día está acostumbrado a rodearse de herramientas, a manera de filtro sensitivo. Un libro jamás, o muy excepcionalmente, será una herramienta. Pues las herramientas entre sus significados raíz, se encuentran al servicio del trabajo; en el trabajo no se cuestiona, sólo se ejerce. Dentro de un mundo desvalanceado las herramientas lo que se dedican a mantener es a las condiciones de esclavitud. Por definición. El libro no pertenece a la órbita de las herramientas, sería reducir e ignorar significativamente los planos en los que habita, las posibilidades que el lenguaje tiene para montar y desmontar elementos tan múltiples de la realidad externa y metafísica, nos permiten traer a lo propio lo que considerábamos afuera. Aprender, en todo caso, es escuchar lo extraño hasta entenderlo.
