si le escribiéramos suficientes poemas a las ratas
un poema por cada una
emanaria belleza de las alcantarillas
Garage de textos
si le escribiéramos suficientes poemas a las ratas
un poema por cada una
emanaria belleza de las alcantarillas

Justo ahora, cuando pienso su existencia como una caricia
lo tanto que me ha acompañado,
se murió mi encendedor.

Conocí a M porque me preguntó si era mío el carro que estaba afuera de su casa, no era mi carro, pero sí somos vecinos, y nos caímos bien. Bien como para aguantar tranquilamente una sesión de siete horas de tatuaje en la axila. Desde que concebí la idea de una telaraña gótica saliendo bajo mi bicep, desde la axila, no me pude resistir. Y M tatúa.
De eso ya hace un mes. En esos días -todavía ahora, aunque de forma más familiar- recorría la realidad como un sueño. El dolor de la tinta entrando en mi dermis es un sueño del que no puedo despertar; un sueño doloroso que deja como recuerdo un tatuaje.
Se llegaban a caer objetos durante la sesión, como si poltergeist invisibles atentaran contra el bote de tinta, el regulador de la máquina, el stencil, o cualquier material necesario. Le dije que me parecía sorprendente la cantidad de veces que cayeron objetos durante la noche, y me dijo resignadamente que así era ella, que era torpeza propia.
Su respuesta me dejó inconforme, porque no era del orden de la impresión que había percibido al ver caer todos esos objetos. La familiaridad de percibir la suma de objetos caídos de inmediato me recordó la cantidad de veces que llegué a tener una resistencia para calentar agua y de manera inexplicable, antes de usarla por primera vez, se inmolaba frente a mis ojos hasta desaparecer, incapaz de brindarme el gusto de bañarme con un poco de agua caliente. Esos tiempos se han extendido, ahora no dependo de la calefacción y me ducho con agua fría incluso ahora que es invierno.
Llegué a tener al menos seis calentadores seguidos, en menos de tres semanas, durante el invierno. En esos días dejaba siempre una llave de agua ligeramente abierta para que no explotaran las tuberías. Saturaba mi cuerpo de lagartijas y calistenia casera hasta que los músculos bombeados se hicieran inmunes al agua helada, y entonces me bañaba. La primera vez que compré el calentador mi gato Botas lo sacó del agua y se desintegró apenas tocó el piso. La segunda ocasión, lo conecté antes de introducirlo y se desvaneció de entre mis dedos. En la tercera, un murciélago entró por mi ventana y pisé la resistencia intentando matarlo: era nueva, todavía estaba en su empaque. Y así, seis historias tristes, a tal grado que percibo que si voy a comprar una resistencia para calentar agua, es porque quiero que se disuelva. Y creo que usar la disolución asegurada de resistencias como un portal puede conjurar cosas de las que valdría la pena tomar nota..

El pensamiento es obsoleto frente a la mirada que escucha.
El lenguaje me toca sin mi permiso
Entra en mí
Me llena con su vacío
Montar las olas del dolor
Dejar que otra vida me alimente
Hay sentidos que escapan a la luz,
ponte algo verde si quieres atrapar al duende de las palabras
y violar los signos bajo el arcoíris
Quijada torcida para nombrar la velocidad;
lisérgico bozal
Elige tu asco.
Mirando al sol en el sol,
atravesar sediento el Edén en busca de diamantes
Bajo la última sombra del día
La caída de los dormidos.
¿Qué tan degradado llegar al agradecimiento?
no sé cómo no escribir un poema sin al menos 5 voces
para ocultar bajo el hocico hasta antes de dormir.
¿Qué tan esculpido?
donde todas pretendan ser la misma
Somos el asco.
Hay gente a la que le gusta enfermar,
A la materia, parece que lo que le gusta es enfermar
¿Cómo se llama el lector
Cuando siempre puede llegar
sin aviso de él mismo
Y ya no importa si está invitado.
Amanecí muy enfermo, madre
las moscas me acompañan y
no sé si voy a llegar
El lenguaje es un parásito de compañía,
la literatura es advertencia,
pienso en ti.
Quiero presumirte que,
no moriré solo
si las moscas orbitan mi rostro reposando a la luz de la luna
es porque algo leyeron de mí.
Mutile estos versos del poema El balcón, de Octavio Paz, porque así me gustaron más y sigo pensando en ellos, pk me hacen sentir cosas;
no sé es dónde
hambre de encarnación padece el tiempo
Más allá de mí mismo
en algún lugar aguardo mi llegada.